La Iglesia católica ha dado un paso decisivo para honrar la memoria y el testimonio del fraile franciscano guatemalteco Augusto Rafael Ramírez Monasterio. El jueves 22 de enero, el papa León XIV firmó el decreto que reconoce su martirio, al haber sido asesinado “por odio a la fe” en 1983, durante uno de los periodos más violentos de la guerra civil en Guatemala. Con esta decisión, se despeja oficialmente el camino hacia su beatificación, sin necesidad de acreditar un milagro, tal como establece la normativa canónica para los mártires.
La decisión fue adoptada tras una audiencia entre el pontífice y el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, en la que se validó el sacrificio del religioso y su fidelidad al Evangelio en un contexto marcado por la represión, el miedo y la violencia sistemática.
Rafael Ramírez Monasterio nació el 5 de noviembre de 1937 en Guatemala. Ingresó a la Orden de los Franciscanos y completó su formación religiosa en España, donde fue ordenado sacerdote en 1967, en la ciudad de Teruel. En 1978 regresó a su país natal y asumió como párroco de San Francisco el Grande, en Antigua Guatemala, una misión pastoral profundamente comprometida con su comunidad en tiempos de creciente persecución política.
En junio de 1983 fue secuestrado y sometido a torturas con el objetivo de forzarlo a revelar información obtenida en confesión de un campesino vinculado a la guerrilla. Tras ser liberado, y pese a las amenazas de muerte, rechazó la posibilidad de exiliarse y decidió permanecer junto a su feligresía, fiel a su vocación pastoral. El 7 de noviembre de ese mismo año fue secuestrado nuevamente y asesinado a tiros en la periferia de la capital guatemalteca. Su cuerpo, hallado con evidentes signos de tortura, confirmó la brutalidad de su muerte y lo convirtió en el decimotercer sacerdote asesinado en Guatemala desde 1978.
Cuarenta años después de su muerte, la figura de Rafael Ramírez Monasterio emerge como un símbolo de coherencia, valentía y fidelidad a la fe hasta las últimas consecuencias. Su próxima beatificación no solo reconoce un martirio personal, sino que también ilumina la memoria de una Iglesia que, en medio del conflicto, eligió permanecer al lado de los más vulnerables. Su historia, marcada por el silencio del confesionario y la firmeza de sus convicciones, sigue interpelando al presente y recordando que la fe, cuando es auténtica, puede convertirse en un acto radical de esperanza.

